Olió su café como si fuese el más delicado de los perfumes.
Pasaba las hojas de su libro con tanta delicadeza que parecía que tenía miedo a que el libro se rompiese.
Sus suaves labios besaban la taza para dar pequeños sorbos a su amargo y dulce café.
A veces, su mirada se perdía. No sé qué miraba, ni en qué pensaba. Me hubiese encantado preguntarla.
Preguntar sobre ella, sobre sus lágrimas ahogadas entre las páginas de sus libros, su sonrisa vacía intentando dar las gracias de forma sutil y sigilosa.

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